Características Laycos

Los Árboles Ya Cuentan Oscuros Secretos – Capítulo II

-¡Noa! No corras tanto que no puedo alcanzarte.- Gritaba Harold al ver que su hija se le escapaba de la vista.- Ten cuidado o puedes caerte al agua.-

-¡Mira papá! Aquello a lo lejos, ¿son delfines?-

-Sí mi vida.- Contestó Harold aún a bastante distancia de su hija y respirando ya con notable dificultad.- Es raro que se acerquen tanto a la costa- murmuró-

-¿Algún día podré nadar con ellos papá?... ¿Papá?. Noa miro atrás en el embarcadero, no había nadie. Sólo se veía un gran charco de algo que había salpicado al caer al agua. - ¿Papá? ¡¿Papá?!…

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Noa volvió a la realidad. Una habitación oscura, iluminada únicamente por la pantalla de un portátil y el cuerpo de Steve tumbado en el suelo, inmóvil.

Su primer instinto fue correr y huir del lugar, pero sabía que estaba demasiado implicada, existían pruebas que la señalaban como una de las últimas personas en hablar con Steve, el chat de Laycos.

Lentamente se acercó y le tomó el pulso, no pudo encontrárselo. Uno de los mejores amigos de su padre yacía muerto a sus pies. Miró a su alrededor, intentó recordar el protocolo en estas situaciones, al fin y al cabo, era una de las mejores detectives, si no, la mejor. -¡Piensa Noa, piensa!- Se dijo a sí misma. Quien hubiese cometido el crimen no debía de andar muy lejos, es posible que ella misma lo hubiese ahuyentado. -¿Qué estaría buscando?-

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-Nada estaba revuelto, todo estaba ordenado, todo parecía normal.- ¿Todo?, ¿seguro? - ¡Claro! ¡El portátil!- Saltó corriendo con una destreza inusual en ella y se puso delante del teclado.

Acceso a Laycos, una pantalla que ya conocía gracias a la invitación que Steve le había hecho. El portátil era último modelo, nada que ver con la vetusta antigualla que Noa había comprado de segunda mano para poder recibir los emails de sus clientes, imposibles de tener organizados. -¡Bingo!- exclamó. Al ser el portátil personal de Tanenbaum, tenía guardada la contraseña en el navegador. Sólo tenía que hacer clic en un botón y podría acceder a toda la información de una de las personas más importantes de la ciudad y puede que del país.

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Noa buscó en un bolsillo trasero de su pantalón y sacó unos guantes de cuero negro, este gesto le hizo darse cuenta de que ya estaba más tranquila. -Así sí, Noa. Piensa antes de actuar.- Hizo clic y comenzó a cargar una nueva pantalla de Laycos. Lo primero que le sorprendió fue ver que el portátil estaba conectado a Internet, nada en la casa tenía electricidad, las luces no funcionaban. Siguió observando y vio que el portátil estaba conectado a un móvil, en concreto al “iPhone X de Steve”.

De repente, el mundo se detuvo, cuando ya pensaba que podía acceder a todo el contenido del señor Tanenbaum, una nueva pantalla de Laycos apareció, “Utiliza Laycos Pass para validar el doble factor”.

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-¿Doble factor? ¡Claro!, ¿cómo no?-

De todos era sabido que Steve Tanenbaum era un maniático de la seguridad, no dejaría su acceso a Laycos abierto a cualquiera. Un mecanismo avanzado de seguridad mostraba un código QR en la pantalla que debía ser escaneado con el smartphone del propietario de la cuenta para poder acceder.

Debía encontrar como fuera el móvil de Steve. Noa sonrió. No debía estar muy lejos, el portátil estaba conectado a internet a través de él. Miró por todas partes y no lo encontró, así que sólo podía estar en un sitio. Steve lo debía de llevar encima aún. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, una cosa era buscar el pulso a un cadáver y otra muy diferente, tener que registrarlo. Se armó de valor y comenzó con lo más sencillo, los bolsillos de los pantalones. Nada encontró. Siguió por la chaqueta, primero los bolsillos externos. Nada tampoco. Entonces probó en los internos y esta vez tuvo mayor suerte. Había encontrado el iPhone de Steve.

Como en una carrera de obstáculos, sabía que tenía que pasar el siguiente paso, y para ello necesitaba primero desbloquear el móvil. Reconocimiento facial. Con un gesto rápido le abrió los ojos e internamente pidió perdón. Se sentía como si estuviese profanando su cadáver. Colocó el móvil delante de su cara y el candado se abrió.

Noa sabía que no había hecho nada especial, pero no podía evitar sentirse como un hacker que hubiese accedido al sistema más seguro. Comenzó a mover el dedo por la pantalla de móvil buscando la aplicación Laycos Pass tal y como le pedía la pantalla del portátil. No tardó en encontrarla. Entró en la aplicación, pulsó en Leer código y apuntó con la cámara al código QR. Como por arte de magia, Laycos comenzó a cargar.

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La pequeña Noa lloraba mientras un policía la arropaba con una manta en el embarcadero al mismo tiempo que le contaba que su padre había sufrido un accidente y había caído al mar. Nunca recuperaron su cuerpo.

De ese momento tenía grabado en su mente las sirenas de los coches de policía y ambulancias que acudieron aquel día. Ahora seguía escuchándolas, pero no en su mente, la policía se acercaba a casa de Steve. Alguien debía de haberla visto entrar y había dado la voz de alarma.

Su relación con la policía nunca había sido buena, la trataban como una entrometida en todos los casos en los que trabajaba, y sabía que encontrarla con un cadáver no iba a mejorar su reputación. No podía llevarse el portátil, tenía un código de conducta que le impedía modificar la escena de un crimen, al menos, no demasiado. Y entonces, en un momento de lucidez, se le ocurrió modificar la contraseña y desactivar el doble factor de seguridad, sabía que dejaba la cuenta de Steve demasiado expuesta, pero era la única forma de poder acceder desde otro lugar y salir corriendo de allí antes de que llegara la policía. Así lo hizo. Minutos más tarde, Noa observaba desde una esquina no muy lejana cómo llegaban dos coches patrulla.

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¿Te perdiste el Capítulo I de este interesante thriller de Laycos?

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Sobre José Miguel Santana Hernández

Ingeniero Informático en Laycos Network
  • Las Palmas de Gran Canaria