Laycos

Los árboles ya cuentan oscuros secretos – Capítulo I #DescubreLaycos

Noa aún seguía desconcertada por el email que había recibido a las 3:43 de la madrugada, una invitación a. . . Laycos, una nueva red social que, aunque la había oído nombrar en algunos círculos en los que se solía mover, su funcionamiento era completamente desconocido para ella.

Siendo hija del ya fallecido y famoso detective Harold Macmillan, su curiosidad no le dejó hacer caso omiso a la invitación que le había hecho una de las personas más famosas en todo el valle, el magnate de las nuevas tecnologías Steve Tanenbaum.

Escueto y directo, como siempre, la invitaba a ¿una red?, al parecer un espacio donde compartir información, y con un nombre nada peculiar, “Investigación privada, avisar a Noa Macmillan”. Un sólo clic en un botón fucsia y listo, Noa se sentía como si le fuese infiel a su estilo de vida, lleno de papeles, emails desordenados de clientes y archivos sin clasificar en carpetas igualmente desorganizadas.

 

 

Ante ella, un escritorio con una foto de las Islas Canarias. La reconoció al instante porque cuando niña iba todos los veranos de vacaciones con sus padres. Noa se relajó, no sabía por qué pero se sentía segura delante de aquella pantalla, ella, una neófita de los ordenadores que aún le costaba separarse de la tinta y el papel.

 

 

Lo siguiente en lo que se fijó fue en el icono de un sobre con un círculo rojo, tan rojo como el carmín que solía usar y que era de las pocas cosas que había “heredado” de su madre. Y dentro, un 1 en blanco le decía sin lugar a dudas que tenía un mensaje que debía leer.

 

 

Movió lentamente el ratón, mitad por su aún torpeza y mitad por el miedo a lo que podía encontrarse. Su dedo se apoyó sobre el botón y presionó fuertemente. Se abrió una nueva ventana con un mensaje:

 

Querida Noa,

Aún recuerdo cuando Harold, tu padre, nos presentó. Tú aún eras una chiquilla que sólo pensaba en divertirse y mírate ahora, toda una mujer, guapa, inteligente y digna sucesora de la agencia más famosa de detectives de la ciudad y seguramente del país, Macmillan & Co. Y ahora te escribo porque necesito de tu ayuda, igual que la necesité de tu padre en el pasado. Lo echo de menos.

Verás que te he invitado a una red, ahí podrás encontrar toda la información que necesitas, no te preocupes, sólo tú y yo podemos acceder a esta información y en Laycos todo está encriptado de la forma más segura posible. Cuando leas la información que te comparto, sabrás por qué esto es tan importante. Siento que mi contacto contigo sea por motivos laborales, pero no sé a quién más acudir, y además, ya no confío ni en mi sombra. Por favor, ayúdame, tú eres mi única esperanza. No sé si me estoy volviendo loco, pero creo que peligra mi vida. . .

Atentamente,

Steve Tanenbaum

 

Noa, aún desconcertada por el mensaje, recordaba a Steve, un loco de los ordenadores, amigo de la infancia de su padre y maniático de la seguridad. Si usaba aquella plataforma para compartirle lo que para él era una información tan importante, bastante debía confiar en ella.

Sólo pasados unos segundos pudo reaccionar, volvió a leer el mensaje, una y otra vez. ¿Qué podía ser tan importante como para contactar con ella? Rápidamente se fijó que junto al icono del sobre donde había leído aquel mensaje tan inquietante, existían muchos más iconos. Fue pasando el ratón por encima de cada uno de ellos: un buscador, avisos, timeline, redes . . .

 

 

— ¡Aquí debe ser! —, murmuró para sí misma.

Nuevamente, con su ya consabida torpeza, logró acceder al icono y una nueva ventana apareció en el escritorio. Con el título Redes, no dejaba ninguna duda que allí es donde Steve quería que ella fuese. Varios iconos pero uno resaltaba sobre el resto: “Investigación privada, avisar a Noa Macmillan”, llevaba su foto como distintivo, y no una foto cualquiera, sino la última foto que se había hecho con su padre antes de morir en aquel extraño accidente, pero eso era algo que no quería recordar en aquel momento. Un clic más la separaba de una información que no sabía aún si estaba preparada para ver.

 

 

De repente, otro círculo rojo con otro 1 dentro, pero esta vez en otro icono, el chat. Entró dentro. Una foto de Steve muy arreglado, con traje y corbata, y debajo dos palabras: En línea.

 

 

Noa sabía por su padre que Steve no era trasnochador, nunca salía de casa más tarde de las 21:00 y pocas veces se acostaba después de las 23:00, así que al contrario que ella que sí era una criatura nocturna, era algo muy extraño verlo despierto a esas horas de la madrugada.

— ¿Estás ahí Noa? — era la pregunta que sentía debía contestar más pronto que tarde.

— Sí Steve —, no sabía la razón pero algo le decía que debía de preocuparse,

— ¿estás bien? —, preguntó temiendo una negativa como respuesta.  — ¿Has podido leer la información que te envié? Creo que me espían, me estoy volviendo loco —

Aún por escrito, Noa notó la desesperación del amigo de su padre.

— Un segundo, acabo de oír un ruido en la planta de abajo, voy a desconectar y vuelvo a llamarte en un minuto —.

Desconectado hace unos segundos era la frase que Noa podía leer ahora junto a la foto y el nombre de Steve. Desconectado hace unos minutos fue el siguiente mensaje que apareció.

 

 

Pasó el tiempo, y Steve no volvía a comunicarse con ella. Finalmente, el mensaje Desconectado hace una hora fue el desencadenante que hizo que Noa saliera por la puerta y se dirigiera a la casa de Steve.

Subió a su coche, un Mustang del 69, única posesión que realmente cuidaba. Arrancó y casi derrapando con las ruedas traseras, salió a toda velocidad.

 

 

Cuando llegó a casa de Steve sintió que había pasado una eternidad. Se acercó a la puerta, estaba abierta. Desde la calle gritó:

– ¡Steve!, ¿estas aquí?, ¡Steve! —, nadie respondió.

Entró empujando lentamente la puerta, la casa estaba totalmente a oscuras. Intentó encender las luces pero ninguna funcionaba. Subió a la planta superior y al fondo del pasillo, donde recordaba que Steve tenía su despacho, vio un resplandor, se acercó sigilosamente y entró en la habitación.

La sangre se le heló al instante. Sólo pudo fijarse en dos cosas, la primera, la pantalla de acceso a Laycos, ese era el resplandor que se podía ver desde el pasillo y la segunda, gracias a la luz que emitía la pantalla del portátil, el cuerpo inmóvil de Steve en el suelo.

 

CONTINUARÁ. . .